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Historia

Sus orígenes árabes se remontan a 1243 cuando Muhammad ibn Hud capituló, ante el infante Don Alfonso de Castilla en Alcaráz, la entrega del reino musulmán a Murcia en el que aparte de Benijófar se incluirían otras poblaciones alicantinas.

Unos meses más tarde, el 28 de marzo de 1244, en el Campo de Mirra se firmó entre el infante Alfonso y su suegro Jaime I de Aragón, el tratado de Almizra que reconocía para Castilla los territorios de Alicante, Aguas, Busot, Valle del Vinalopó y Bajo Segura.

La rebelión mudéjar de 1264 hizo que la intervención aragonesa llevada directamente por Jaime I le sucediese, pese a la entrega del territorio a Castilla, un cierto porcentaje de repobladores procedentes de la corona aragonesa.

La muerte del infante Don Juan Manuel (hermano de Alfonso X el Sabio), señor de los territorios del Valle del Vinalopó hizo aún más débil este sector y, aprovechando las discordias a la muerte de Sancho IV el Bravo, en 1295, se produjeron en Castilla en la minoría de Fernando IV. Jaime II, que apoyaba a los infantes de la Cerda recibió a estos la concesión del Reino de Murcia en 1296.

El restablecimiento del control real en Castilla llevó a la retirada aragonesa, aunque mediante la Sentencia arbitral de Torrellas, el 8 de agosto de 1304, se cedió a Jaime II de Aragón una parte del reino de Murcia, que tras varias incidencias supuso un incremento del Reino de Valencia. Una parte de estos territorios constituiría el término de Orihuela, que sería la capital de la nueva gobernación del reino valenciano que nació de esta anexión.

Mucho más tarde, en 1564, Felipe II permitió segregar de la diócesis de Cartagena estos territorios, creando el nuevo obispado de Orihuela.

Durante el reinado de Felipe II ya aparece el término, como partida de Orihuela, cuyas hierbas se reservaban para el Real Patrimonio.

Unos años después, Benijófar vuelve a aparecer, en 1582 como una heredad del término de Orihuela, cuyos propietarios, los herederos de Don Jaime Togores, deben aceptar que, para librarse de las deudas, vaya a subasta ejecutiva.

Al parecer, esta familia Togores habían alcanzado la propiedad gracias al matrimonio de la Titulada ‘Señora de Benijófar, Ana Luisa Silvestre Claramunt y Valdibrea con Jaime Togores y Loaces, sobrino del señor de Jacarilla. No tuvieron descendencia y las propiedades no subastadas (y el mismo título) pasaron a su sobrino Jaime de Togores y Togores que fue ‘Soldado en Nápoles’, éste debió llevar una vida muy aventurera: hijo de su primer matrimonio, ‘Francisco Togores y Togores que murió en Saboya’; de la segunda mujer, hija del virrey de Mallorca tuvo una hija, Luisa Togores y Rocafull, que murió soltera en Orihuela en 1617, y de la tercera tuvo dos hijos.

La heredad fue comprada por el Colegio de Predicadores de Orihuela, por 4.000 libras y la describían así ‘no tiene regadío sino seiscientas tahullas, y cuando la compramos estaba como si nunca se hubiere cultivado, hecha un páramo por haber estado casi sin dueño muchos años’: era una muestra de la despoblación que padecía en aquella época el Bajo Segura.

Lógicamente, en el vecindario del Reino de Valencia de 1646 no aparece este lugar. Ni tampoco en el padrón de Orihuela de 1649. Algo más de un siglo después, Jaime Gallego en 1686 se la compró a los dominicos por 7.000 libras. Entre 1706 y 1716 estuvo confinado debido a la opción austracista de su dueño y la rente fue aplicada a los dominicos.

Y este mismo titular o un descendiente suyo, Don Jaime Gallego de Castro, en 1729, que se titulaba ‘señor de este lugar’ decidía cambiar el régimen tradicional de explotación, consistente en el arrendamiento, para crear un nuevo núcleo feudal. A tal efecto consiguió la renuncia del arrendatario ‘venciendo las dificultades que se les ofrecía con los intereses de una y otra parte’ para ‘establecer casas y tierras del referido lugar para que se pueble de Vecinos y más bien puedan ponerse mejor conreo y utilidad, siendo muchos los que deberán conrear con la esperanza de sacar de ellos para poder pasar y pagar la pensión y cargos con que se les estableciesen’. Acto seguido, Don Jaime Gallego establecía a 17 vasallos, en un total de 736 tahullas de regadío y un número indeterminado de secano.

Por tanto, puede considerarse el mes de septiembre de 1729 como la data de nacimiento de Benijófar como entidad de población.

A lo largo del siglo XVIII Benijófar siguió un camino similar al de los restantes señoríos formados en el bajo segura: consolidación del lugar y un relativo despegue en los últimos años.
En el momento inicial, el señor del lugar estableció la población reservándose el ‘dominio directo’ y otorgado el ‘dominio útil’ en perpetuidad a las pobladores a cambio del derecho a percibir anualmente una renta determinada y otros ingresos suplementarios.

Los 17 pobladores iniciales recibieron unas explotaciones de unos tamaños bastante amplios lo que posibilitaría la ulterior subdivisión de los predios con el aumento de la población. Los censos enfitéuticos (contrato por el que se pagaba un pequeño canon) exigidos por el dominio útil cedido oscilaban según la clase de tierra, siendo diferente el pago de regadío al de secano. En Benijófar la tahulla aparecía gravada con 2 sueldos y 1/7 de los frutos, y además les obligaba a plantar, en los cuatro años siguientes al establecimiento, cinco tahullas de olivar, vina o moreral.

Finalmente (hasta que no lo redimiesen) a los enfiteutas, por entregarles casa, se les cargaba ‘un censo redimible por el valor en que fuera tasada y pagando una pensión anual al 5% hasta que no se redimiese’. A parte de estas obligaciones, el señor se reservaba una serie de derechos e imponía otras cargas a los enfiteutas, amén de los derechos del propio señorío.

De todos modos, frente a otras modalidades de puesta en cultivo ya surgió con un reparto importante de la propiedad, puesto que en el padrón de 1735, el señor sólo detentaba ‘el 17,3% del valor total de la superficie agrícola’.

Así pues a lo largo del siglo Benijófar se asentó definitivamente como explotación agrícola, la única dehesa se la reservó el señor y prácticamente no había ganado.

Ya desde primeros de siglo se oteaba la crisis señorial y, pese a los retrocesos habidos, hacia 1840 podía considerarse conclusa la primera fase de la vida de Benijófar, los hitos principales fueron la invasión francesa y consecuente sublevación popular; el decreto de las Cortes de Cádiz, de abolición de los señoríos jurisdiccionales, de 19 de agosto de 1811; parciales restablecimientos de los derechos feudales de 1814 y 1823; y finalmente la ley de 26 de agosto de 1837, que abolía definitivamente el régimen señorial en España y la de 14 de diciembre de 1840 que suprimía los diezmos.

También el Decreto de 27 de septiembre de 1820 relativo a la supresión de cualquier clase de vinculaciones, y tras la década ominosa puesta de nuevo en vigor por el Decreto de 30 de agosto de 1836, aceleró el proceso.

La ley de 26 de agosto de 1837 permitió a los señores de Benijófar que este se transformara en su propiedad particular, pero sin los derechos jurisdiccionales. A partir de esta fecha se asiste al fraccionamiento de ésta única propiedad hasta llegar al minifundio actual. Como cabía suponer de esta inicial propiedad única, las desamortizaciones del siglo pasado no tuvieron incidencia en la población, contrariamente a lo sucedido en las localidades de la Vega Baja que eran de realengo o a los señoríos eclesiásticos. Tampoco había fincas ‘de propios’ que desamortizar en 1854-56. Pero aún así cuando se redactó el resumen hecho por la Junta Consultiva Agronómica de las Minorías sobre Riegos, en 1904 ya no quedaban huellas del dominio anterior.

Cuando en virtud de la Ley de Reforma Agraria de 15 de septiembre de 1932 se elaboró un Registro de la Propiedad Expropiable, Benijófar no fué incluido.

El 21 de marzo de 1828, comienzan una serie de terremotos que durarían hasta septiembre, registrándose en Benijófar un grado de X. Apenas contaba con 250 habitantes y no sufrió pérdidas humanas, pero tal como señaló el Diario de Valencia del 5 de abril de 1829 ‘fueron destruidos la iglesia parroquial y gran parte de las cosas con las de su huerta y campo, sin que haya quedado uno que no sufriera quebranto’.

La Vega Baja, zona fuertemente sísmica había tenido varios avisos desde su reconquista, y el eje Benijófar-Rojales se había mostrado como un importante núcleo sísmico. En concreto, el terremoto del 1 de noviembre de 1755 (que destruyó Lisboa), consta ya como atestiguado en Benijófar. El día 24 se atestiguan temblores en Benijófar, y como en toda la Vega Baja siguieron hasta septiembre, aunque no quedan otras citas concretas de Benijófar cabe suponer que en él también se manifestaron.

El Rey acuciado por el obispo de Orihuela, tuvo el acierto de mandar al extraordinario ingeniero Jose Agustín de Larramendi para dirigir los trabajos de saneamiento y reconstrucción, que llegó a Orihuela el 23 de abril de 1829, y auxiliado por otro ingeniero, Eugene Fourdinier, sería el artífice de la restauración urbanística de toda la comarca.

Larramendi decidió la reconstrucción de 75 casas de Benijófar con arreglo a los planos aprobados por el Rey el 10 de junio de 1829, sobre la fase un memorial de 6 de junio. Desde 1845 Benijófar ha ido creciendo paulatinamente hasta llegar a la fecha actual.

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